El transfeminicidio de Sara Millerey no solo duele: indigna. Fue un acto atroz, cruel, inhumano. La manera en la que su vida fue arrebatada refleja el odio más vil que puede habitar en una sociedad que prefiere voltear la cara antes que enfrentar la verdad. No fue solo la mano asesina la que falló, también lo hizo cada mirada que eligió grabar en lugar de intervenir, cada testigo que decidió el morbo antes que la empatía, cada voz que se quedó en silencio mientras una mujer trans era asesinada.
No podemos ignorar el contexto. Este crimen no ocurre en el vacío: es la consecuencia directa de los discursos de odio, de los chistes, de las burlas, del desprecio cotidiano, institucional y cultural hacia las personas trans. Cada vez que alguien dice “yo respeto, pero…” o que repite narrativas transfóbicas “en nombre de la libertad de expresión”, abona al terreno en el que germinan estos crímenes. El odio se siembra en palabras, y se cosecha en asesinatos.
Este crimen, como tantos otros, es también un recordatorio brutal de por qué marchamos. Marchamos porque estamos vivas, y porque queremos seguir estándolo. Marchamos por Sara, por las que ya no están, por las que aún no conocen el miedo, y por quienes lo sienten cada vez que caminan por la calle siendo quienes son. Marchamos no solo en memoria, sino también en resistencia.
Y que quede claro: no tenemos miedo. Estamos furiosas, dolidas, pero también firmes. No vamos a retroceder ni un paso. Si alguien cree que asesinando a una de nosotras va a silenciarnos, que se prepare para escuchar nuestras voces más alto, más fuerte, más decididas. La transfobia y la homofobia no pasarán. No mientras tengamos aliento. No mientras tengamos vida. Seguiremos luchando, gritando, existiendo con orgullo, porque nuestra existencia es también una forma de revolución.
Sara Millerey no murió en vano. Su nombre se grita en cada consigna, su memoria arde en cada paso que damos. Justicia para Sara. Justicia para todas.