El 8 de marzo no nació entre flores ni felicitaciones.

Nació de la inconformidad, de la rabia y de la necesidad de cambiar una realidad injusta.

A principios del siglo XX, miles de mujeres trabajadoras comenzaron a alzar la voz para exigir condiciones laborales dignas, jornadas justas y el derecho a participar en la vida pública. En 1910, durante la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, se propuso crear un día para visibilizar esa lucha.

Así comenzó lo que hoy conocemos como el Día Internacional de la Mujer.

A lo largo de más de un siglo se han conquistado derechos fundamentales:

el voto, el acceso a la educación, la participación política, la posibilidad de decidir sobre la propia vida.

Pero la historia no terminó allí.

Hoy, en muchos lugares del mundo, millones de mujeres siguen enfrentando violencia, desigualdad salarial, discriminación, precariedad laboral y la constante lucha por vivir con seguridad y dignidad.

El 8M no es una celebración vacía.

Es un recordatorio de todo lo que costó llegar hasta aquí.

Y también de todo lo que aún falta por cambiar.

Hoy no se trata de felicitar.

Se trata de escuchar, reconocer y acompañar la lucha de las mujeres.

Porque los derechos que hoy parecen normales alguna vez fueron una exigencia que incomodaba al mundo.

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